¿Y tu misión?

El revisor de billetes de tren que cambió la vida del escritor


21 de enero 0 comentarios

La bondad de los extraños puede cambiar nuestro destino. Yo estoy convencida de ello, y esto es lo que muestra esta aventura del escritor británico Bernard Hare en 1982. Es un relato que tenía en el tintero desde hacía tiempo y que comparto hoy por eso del frío y de la cuesta de enero, que igual a algunos se les hace pronunciada.

Hare era un estudiante pobretón que vivía en el norte de Londres cuando recibió una llamada de su padre. Su madre, que estaba muy delicada de salud, estaba ingresada y los médicos no esperaban que sobreviviese la noche. “Ven a casa, hijo”, le dijo el padre.

De forma que acudió a la estación. El último tren a Leeds, donde vivían sus padres, había salido ya. Había otro tren que llegaba hasta Peterborough, pero perdería la conexión al tren de Leeds por 20 minutos.

“Me compré un billete a casa y me subí al tren de todas formas. Era un estudiante que subsistía con lo mínimo y no tenía dinero para un taxi, pero tenía un destornillador en el bolsillo y unas cuantas llaves maestras. Estaba tan desesperado por llegar a casa que había planeado robar un coche en Peterborough, hacer autostop, robar algo de dinero, algo, cualquier cosa. Sabía por el tono de voz de mi padre que mi madre iba a morir esa noche y tenía que llegar a casa a toda costa.

´Billetes, por favor´, oí decir mientras miraba la oscuridad tras los cristales. Busqué mi billete y se lo di al revisor cuando se acercó. Lo selló, pero justo entonces se quedó ahí parado, mirándome. Había estado llorando, tenía los ojos rojos y seguramente tenía cara de asustado.

´¿Estás bien? ´, preguntó.

´Por supuesto que estoy bien´ respondí. ´¿Por qué no iba a estarlo? ¿Y a ti qué te importa, en todo caso?´

´No tienes buen aspecto. ¿Puedo hacer algo para ayudarte?´

´Puedes largarte y ocuparte de tus asuntos´, respondí. ´Eso sería una gran ayuda´. No tenía ningunas ganas de conversar.

Era un tipo pequeño, y él debió de leer las señales de peligro en mi lenguaje corporal y tono de voz. Pero de todos modos se sentó enfrente y continuó hablándome. ´Si hay un problema, estoy aquí para ayudarte. Para eso me pagan´, dijo. .

Yo era un tipo grande, así que por unos momentos pensé en enviarle, físicamente, a la porra. Pero de alguna forma no parecía lo apropiado. No estaba haciendo nada malo. Yo estaba atravesando todas las etapas de la pena al mismo tiempo: negación, rabia, culpabilidad; todo menos la aceptación. Era una olla exprés de emociones a punto de estallar y él se había colocado justo enfrente de mí, en línea de tiro.

La única otra manera de librarme de él era contarle mi historia.

´Mira, mi madre está en el hospital, muriéndose. No sobrevivirá la noche. Yo voy a perder la conexión de Leeds hacia Peterborough, y no estoy seguro de cómo voy a poder llegar a casa. Es esta noche o nunca. Np tendré otra oportunidad. Estoy enfadado. No me apetece hablar, así que te agradezco que me dejes en paz. ¿De acuerdo?´

´De acuerdo´, dijo, levantándose finalmente. ´Lo siento mucho, hijo. Te dejo solo, entonces. Espero que llegues a casa a tiempo´. Después se dio la vuelta y marchó por donde había venido.

Yo continué mirando por la ventana a la oscuridad. Diez minutos después, se sentó de nuevo a mi lado. Oh no, pensé, aquí viene. Esta vez realmente le voy a dar un puñetazo.

Me tocó el brazo. ´Escucha. Cuando lleguemos a Peterborough, corre a la Plataforma Uno tan rápido como puedas. El tren a Leeds estará allí´, dijo. Me quedé mirándole asombrado. No entendí lo que quería decir. ´Repite de nuevo´, dije. ´¿Qué quieres decir? ¿Se ha retrasado el tren?´

´No, no se ha retrasado´, dijo a la defensiva, como si le molestase que los trenes pudiesen retrasarse. ´No. Acabo de avisar por radio a Peterborough. Van a mantener el tren en la estación para ti. Tan pronto como subas, se marcha. Todo el mundo se quejará por el retraso, pero no nos preocuparemos de ello en esta ocasión. Llegarás a casa y eso es lo principal. Buena suerte´.

Y se dio la vuelta por el vagón pidiendo billetes de nuevo.

De repente me di cuenta de lo zoquete que había sido y le perseguí por el tren. Quería darle todo el dinero que tenía en el bolsillo, mi permiso de conducir, las llaves, pero sabía que eso le ofendería. Finalmente le alcancé y le agarré del brazo. “Oh, eh, yo sólo quería,,,” de repente, me faltaban las palabras.

´Está bien´, dijo. ´No pasa nada´. Tenía una cálida sonrisa en el rostro y compasión en sus ojos. Era un hombre bueno y no quería nada a cambio.

´Ojalá tuviera forma de recompensarte. Estoy agradecido por lo que has hecho´.

´No pasa nada´, dijo de nuevo. ´Si tienes necesidad de agradecerme, la próxima vez que veas a alguien apurado, ayúdale. Esto me compensará de sobra. Proponle que te pague a ti de la misma manera y pronto el mundo será un lugar mejor´.

Estaba junto a mi madre cuando murió esa madrugada. Incluso ahora, muchos años después, no puedo dejar de pensar en ella sin recordar al revisor de tren de aquella noche y, hasta ahora, nunca se me ocurriría decir nada malo sobre los trenes británicos. Mi encuentro con este hombre me transformó. De un egoísta, potencialmente violento hedonista en un ser humano decente, aunque llevó su tiempo.

Le he pagado mil veces desde entonces, y continuaré haciéndolo hasta que me muera. ´No me debes nada, nada de nada´, digo a los jóvenes con los que trabajo. Y si crees que me lo debes, te doy el mismo consejo que recibí del revisor. Pasa la bola.
 


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