Ponte en su piel

Igualdad ante un sueño


18 de octubre 0 comentarios

Siempre me sentiré orgulloso de recordar la manera en que conseguí hacer honor a mi bisabuelo, de origen indio, cuando al verme nacer, según me han contado, dijo: Este pequeño, debería llamarse Halcón Osado.
Tengo trece años y vivo en el campo, en una cabaña que mi padre construyó con mi ayuda. Mi hermana, de quince, aún no sabe leer pero nos confecciona toda la ropa a mi padre y a mí. Mi madre murió hace unos años, a causa de una enfermedad extraña que algunas personas de la aldea padecieron y a la que pocos sobrevivieron. La recuerdo amable, sonriente pero con miedo y melancolía en su mirada.
Mi hermana dice que ella temía fallarnos, no ser capaz de hacernos felices, no poder conseguir cada semana el agua que necesitábamos para vivir y para lo que tenía que caminar durante horas; a no mantener el fuego encendido; a no lograr que el huerto nos diese los alimentos que necesitábamos... Pero mi padre no, mi padre es un hombre valiente, que no entendía por qué se apagaba el fuego, pues a él no le ocurría. Además, él sí conseguía que nosotros comiésemos trayendo a casa el escaso dinero que obtenía construyendo cabañas junto a otros hombres que, como él, podían ser fuertes y vitales, pues sus madres, mujeres y hermanas les cedían su alimento.
Yo iba a la escuela, a diferencia de mi hermana que se quedaba en casa ayudando a mi madre y cuando ella murió, atendiéndonos a mi padre y a mí. Poco a poco, empecé a ver en sus ojos aquella mirada de mi madre que hacía que mucha gente dijese que era su vivo retrato.
A mi me gustaba estudiar, quería llegar a ser un constructor para que, al lado de mi padre, pudiésemos hacer mejores casas en nuestra aldea. En cambio, siempre creí que mi hermana no quería ir a la escuela, hasta que un día la descubrí, en la noche, a la luz de una vela, mirando uno de mis libros, que ni siquiera entendía y los cuales, adquiría, vendiendo vestidos realizados con aquellas telas tan elegantes que una tía lejana de la ciudad le había regalado.
Ese día, me di cuenta que quizás la mirada triste de mi hermana no se debiera a que no conseguía agua todas las semanas, tal vez añorase aquellas telas que tanto solía mirar. Es cierto, mi hermana tenía sueños, sentía igual que yo. Tuvo miedo el día que hubo un incendio cerca de nuestra casa, dolor y tristeza cuando mi madre moría, admiración a los hombres que encontraron a aquel niño que desapareció en el bosque... y... qué curioso... ¿por qué, entonces tendríamos una vida tan diferente?
Observé, en cambio, que su vida era similar a las de las hermanas de mis amigos, mis primas e incluso mis tías y abuelas. El tiempo fue pasando sin novedades hasta que un día, al llegar de la escuela, mi tía había vuelto de la ciudad. Me alegré, deseando que le hubiese traído nuevas telas a mi hermana. Pero no fue así, esta vez, nos enseñaba unos folletos de escuelas grandes a las que yo, si quería, podría ir a estudiar para ser un buen constructor como siempre había soñado. Yo tenía ganas de saltar y gritar de alegría, mi padre estaba orgulloso y mi hermana, con los ojos húmedos pero con alegría en su gesto.
Guardando en la maleta uno de los trajes que mi hermana me había hecho con ropas viejas, comprendí lo mucho que ella siempre se había esforzado por nosotros, sin quejarse nunca, simplemente cumpliendo el que creía que era su deber. Inmediatamente pregunté a mi tía si en su ciudad había colegios de costura y diseño, ella, entre bromas de todos, afirmó que estaban algunos de los mejores.
Me fui a dormir con una idea en la cabeza, que la mañana siguiente se hizo más fuerte aún. Mi hermana y yo deberíamos tener la misma oportunidad de ir a estudiar a la ciudad. Ella lo deseaba como yo, yo lo sabía, sentíamos prácticamente igual. Mi tía no se lo podía creer, en las familias pobres como la nuestra, sólo los hombres tenían la oportunidad de aprender un oficio para sacar a su familia adelante, ¿qué iba a hacer yo entonces? Yo llevaba años observando a mi hermana, sabía cómo atender a mi padre y él seguro que también, ¡siempre vio a mi madre!
Mi tía dijo que no se le podía dar esa preferencia a mi hermana, que deberíamos ser iguales y el azar elegiría entre ambos. Mi hermana, callada, apartó su cotidiana tristeza de sus ojos y pude ver a mi padre cómo recordó a mi madre y me miró a mí con la admiración con la que siempre le había observado yo a él y susurró: Yo nunca hubiese sido tan valiente...
En ese momento, sin saber quién se iba a ir a la ciudad a cumplir su sueño, realmente fui feliz, no solo de sentir como mi hermana, sino de ser iguales, al fin, ante la misma oportunidad.

 


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