La selva al habla

David, misionero en Kirigueti, nos cuenta sobre su día a día en la misión


18 de febrero 0 comentarios

1. ¿Qué te llevó a ser misionero?

Cuando era niño siempre llegaba por el colegio algún misionero, o por la parroquia, que hablaba de lugares lejanos donde había niños que pasaban hambre y que vivían en condiciones pésimas. Esto ayudado por algún video y por reportajes de la televisión, creo que de alguna manera tocaron mi sensibilidad y me hizo caer en la cuenta de que había un montón de gente en el planeta que sin haberlo escogido les había tocado vivir en condiciones mucho peores que las que me habían tocado a mí.

Tuve la suerte de pertenecer a un grupo de Tiempo Libre de la parroquia de Los Ángeles de Vitoria. Todos los sábados nos reuníamos 3 horas (cada vez que lo pienso ahora, que éramos capaces de estar 3 horas todos los sábados…) y hacíamos excursiones a la montaña, nos íbamos de colonias 15 días todos los años, tratábamos muchos temas en torno a los valores del Evangelio: la paz, la solidaridad, el tercer mundo, ecología, etc. Estos años calaron fuerte en mí e hicieron que se fuera forjando en mi interior un profundo deseo de dedicar mi vida a ayudar a los más desfavorecidos viviendo los valores del Evangelio de Jesús. Creo que ésta es la experiencia más profunda culpable de que hoy esté donde estoy y viva como vivo.

Y por último ¿por qué en la amazonía peruana? Porque descubrí que con los dominicos podía vivir todos esos valores que me había planteado vivir, y ellos tenían misiones en el Perú y en República Dominicana. Tuve la oportunidad de venir a conocer el Perú durante dos meses y medio en un verano y en esa experiencia juré amor eterno a la selva y a los pueblos indígenas que la habitan.

2. Describe un poco la labor principal que realizas en tu día a día, desde que comenzó tu trayectoria misionera.

Creo que en estos 10 años en Perú lo que más he hecho es intentar descubrir dónde estoy, y todavía no sé si lo he descubierto.

El mundo de los pueblos indígenas es complejo para mí que pertenezco a una cultura totalmente distinta. En la leche materna vienen muchísimos ingredientes culturales que uno ni se imagina hasta que no se pone en contraste con los otros: desde el modo de saludar, de mostrar los sentimientos, de explicarse, de percibir la vida, de comprender la naturaleza, de entender a los demás, de relacionarse con Dios…

En estos 10 años en Perú, no he hecho otra cosa que intentar comprender dónde estoy y por qué las cosas son como son. Todavía sigo en esa lucha interior que supone una conversión fuerte. La verdad, no sé si habré logrado algo. Pero creo que el intento es bonito y tiene sentido, porque se trata de descubrir a Dios y descubrirse uno mismo entrando en contacto con el otro que es diferente.

Todo esto se va haciendo en el día a día. He dedicado mucho tiempo a “perder el tiempo” (desde el punto de vista occidental) con las comunidades. Me he tirado muchas horas callado, sentado, escuchando un idioma que no entiendo, en reuniones interminables que en media hora se podrían ventilar, conversando, riéndome, intentando aprender la forma de pensar y sentir de estas gentes.

Para mí esto es lo fundamental. Y esto lo he ido realizando a la vez que me he ido preocupando por las condiciones de salud, por la educación y por la organización de las comunidades. También me he preocupado por el diálogo dispar que se produce entre las comunidades indígenas y las multinacionales del petróleo o gas natural. He intentado, y sigo haciéndolo, que este diálogo no sea abusivo por parte de las segundas sobre las primeras.

3. Cuentanos como es un día en la misión.

El día a día en la misión es variado. Tempranito nos levantamos y damos gracias al Dios de la Vida por su grandiosidad. Le presentamos nuestras preocupaciones y nuestros enfados, nuestras impotencias y miserias personales. Luego el desayuno y puntales a la radio a las 7:30 de la mañana. Es uno de los momentos más gratificantes, pues en nuestra soledad, nos permite comunicarnos continuamente con los misioneros de otras misiones. Compartimos el estado del tiempo, la preocupación y tarea del día, y alguna broma también. A las &:00 de la tarde volveremos a encontrarnos del mismo modo.

Luego, las tareas de la Misión que pueden ser muy variadas. Un día tocará estar pendiente de alguna avería en la residencia de estudiantes, o de repente el tractor, o el motor de luz… Otro día puede tocar atender a una familia que viene enferma de alguna de las comunidades. Otro día nos puede tocar preparar los desayunos escolares y pesarlos para que puedan ser trasladados en avioneta a las diferentes comunidades. Otro día nos toca preparar una reunión del grupo juvenil y o de las catequesis. Otro día queda más libre para ir avanzando las cuentas y la administración de todos los programas de la Misión. Atender el correo electrónico se ha convertido en otra preocupación, pues al estar tan aislados, es la ventana por la que tenemos que realizar muchas coordinaciones: evacuación de enfermos, estudiantes becados en las ciudades, gestiones con municipios y otras instituciones, etc.

Hay días que cambian totalmente el programa, y son aquellos en los que nos toca visitar las comunidades. Hay que coordinar motorista, canoa, motor de río, preparar todos los insumos, comunicarse con las comunidades para que esperen. Los días de viaje son imprevisibles. Cuando uno se sube a la canoa, se para el reloj, no importa sol, lluvia, calor o frío. Pero es un tiempo propicio para desconectarse del ajetreo diario y conectarse con Dios y retomar el sentido del por qué cada una de las preocupaciones. Ayuda a relativizar los problemas y a encontrar soluciones. Por lo general se navega de sol a sol y hacia las 5:00 de la tarde buscamos un lugar para dormir. Si hemos llegado a alguna chocita a la orilla del río, damos gracias a Dios, y si no hemos llegado, también le damos gracias, armamos la carpa, se echa el anzuelo al río y se prepara una ollita con arroz para engañar al estómago. A la mañana siguiente proseguimos el viaje.

En la visita a la comunidad, depende de cada lugar y ocasión, pero por lo general, visito las casas, me siento con ellos, comparto lo que me ofrecen y lo que no. Coordinamos la misa y la reunión posterior. Visito a la escuela y los profes, y rumbo a otra comunidad.

4. Alguna experiencia personal de las muchas que tengas.

¿Bonita o triste? Hay muchas de las dos. Te contaré una bonita, sacada del baúl de los recuerdos al azar.

Una de las experiencias más bonitas es ver a los jóvenes que vienen a la residencia a estudiar secundaria, y verlos marchar. Cuando llegan vienen con su machete (el que tiene) y su chagui (bolsita pequeña en la que no entra mucho más que un bocadillo) y allí traen todo su equipaje (nada).

Así llegó uno de los jóvenes de nombre ficticio “Yavireri”. Año tras año fue mejorando notablemente en su castellano. Las matemáticas le costaban un poco más. Yo le hacía cálculo mental y descubría que se valía de los dedos de las manos para contar. Empecé a subir de 10 para que tuviera que pensar y dejara de contar con los dedos de las manos, y descubrí que no hacía más que mirar al suelo: ¡estaba sumando con los dedos de los pies! Subí la cifra y le hice sumar por encima de veinte pensando que así ya no podría ni con los dedos de las manos, ni con los de los pies, pero él seguía mirando al suelo: ¡contaba con los pies de sus compañeros!

Bien, pues Yavireri poco a poco fue mejorando y llegó un momento en que calzar zapatos no tenía ningún efecto demoledor en su examen de matemáticas. Había aprendido a sumar sin su calculadora tradicional.

Y por fin, estaba ya en quinto de secundaria, a tan sólo 3 meses de terminar sus estudios, hecho todo un tiarrón, cuando llego de una de mis visitas a las comunidades y me encuentro con que Yavireri ya no está en la residencia.

- ¿Qué pasó?
- Se fue a su comunidad…
- ¿Pero cómo es posible a tan sólo tres meses del final?

Pasó una semana y me fui a visitar las comunidades del río donde él vivía. Llegué a la primera, pues era la fiesta aniversario de la comunidad. Allí estaba él jugando al fútbol. Había asistido con la selección de su comunidad. Al principio tuvo vergüenza de saludarme y se escondió, pero ya sin otro remedio vino avergonzado a saludarme. Le saludé cariñoso:

- “Quiero hablar contigo”
- “Ya padre”.

Ya más tarde, a solas con él, probé por la táctica de la firmeza:

- Yavireri, dentro de dos días va a llegar la avioneta a tu comunidad llevando el desayuno escolar. Quiero que te subas en ella con tus cosas y regreses a terminar tus estudios a la Misión. ¿Me has entendido?.
-“Sí padre”.

A los dos días llegué a su comunidad junto con el desayuno escolar en la avioneta y, para mi sorpresa, allí estaba Yavireri con su mochila preparada. Nunca tuve seguridad de que fuera a funcionar, pero esta vez sí ocurrió, y ante la gran libertad que los papás dan a sus hijos en sus decisiones, mi firmeza diciéndole: “termina de estudiar” había dado resultado. A los tres meses, con su certificado de estudios en la mano junto con su arco y sus flechas, Yavireri venía a darme la mano y con los ojos llorosos me miró y me dijo:

- Gracias padre. Si no hubiera sido por ti, nunca habría terminado mi secundaria.

Tuve que volver la cara para que no me viera emocionar. Le di un abrazo y se fue. Hoy es el jefe de su Comunidad.

5. ¿Por qué los misioneros se encuentran tan felices con su vocación? ¿Tan atractivo es ir a aquellas tierras lejos del hogar?

Aunque la lejanía del hogar es motivo del sufrimiento para el misionero, nos permite posicionarnos de otra manera ante la realidad con la que nos topamos ya que alejarse del hogar y del propio punto de referencia nos deja más endebles y nos hace más receptivos al otro. Con el hogar cerca nos sentimos más seguros y firmes en nuestros principios y creencias. Con el hogar lejos, nos sentimos más vulnerables y no nos queda otra que humillarnos y ponernos en manos de los demás. Creo que ésta es una experiencia totalmente necesaria para la inculturación, que el misionero se sienta humillado (no se me escapa la palabra) y necesitado de la ayuda de aquellos a quienes pretende ayudar.

La Misión es dura, no es fácil y se sufre mucho. Pero la Misión da felicidad, ayuda a encontrar el verdadero sentido a la vida, y produce muchas alegrías. Creo que todo esto lo dijo Jesús muchísimas veces: “el que pretenda salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, se salvará”; “recibirán el ciento por uno” etc. Si en algún lugar se vive esta experiencia es en la Misión.

Aquí en la Misión todo es profundo y fuerte. Creo que no hay medias tintas. El sufrimiento y la impotencia es profunda y fuerte. No se esconde, como en occidente, sino que está a la vista de todo el mundo. Y lo mismo pasa con las alegrías cuando llegan: son profundas y fuertes. La mayor satisfacción es saber que uno está donde tiene que estar, y que lo que hace tiene un profundo sentido. Todo esto tiene mucho que ver con Dios y la experiencia personal de Él que cada uno trae consigo y va fortaleciendo. Creo que esa experiencia es la que a uno le da la única razón para continuar. Y unida a esta experiencia está la de la familia y la comunidad cristiana de la que uno procede. Creo que es otro instrumento del que Dios se sirve para mantenernos alegres y satisfechos.

 

 

Fr. David Martínez de Aguirre Guinea, OP.


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